Priscilla Ingold

Sobre mí

Soy una mujer polifacética, curiosa, creativa, dinámica y, sobre todo, orientada al servicio.

Me motiva participar en escenarios diversos y trabajar con personas de todas las edades, porque los espacios de compartir genuinos enriquecen a mi alma.

Mi mente tiende a la resolución de problemas desde una vertiente creativa e intuitiva. A lo largo de mi experiencia profesional, he desarrollado una gran capacidad de escucha y de empatía.

Como comunicadora que soy, disfruto mucho al compartir mis conocimientos sobre el autocuidado y regulación del sistema nervioso desde lo orgánico hasta lo espiritual. Lo hago de la manera más sencilla y cercana para que sean comprendidos con facilidad.

Acompañar a las mujeres en su camino hacia el reencuentro con la alegría de vivir activando hábitos de vida más saludables es mi motor y mi propósito.

Como nutricionista, apuesto por una alimentación natural, accesible y balanceada. Con un aporte equilibrado de nutrientes que den vitalidad y energía al cuerpo.

El humor y la música son mis nutrientes favoritos para el alma.

Logo imani espacio intuitivo

Mi camino hasta aquí

IMANI significa FE en swahili. Ese ha sido el motor para materializar este proyecto personal. Un camino largo, de mucho autoconocimiento y una profunda superación personal.

Soy muy sensible desde pequeña. Recuerdo haber sentido mi sistema nervioso en alerta desde mis seis o siete años. Las noches estaban llenas de terrores nocturnos y me angustiaba fácilmente cuando algo me asustaba o no entendía.

Crecí en una época en la que hablar de emociones o mostrarse vulnerable no era común. Sufrí bullying desde los siete años y, cuando lo compartía, las respuestas solían ser “ponte contenta, no hagas caso” o “no digas eso, que eres una niña”. En casa, mi padre casi siempre estaba ausente, y cuando estaba, no parecía realmente presente.

Aprendí pronto a reprimir mis emociones, a no molestar, a no pedir, a complacer. A los siete años ya sentía el peso de una responsabilidad que no me correspondía: cuidar de mis hermanos. Vivíamos en un entorno donde las conductas adictivas y la tensión eran parte del día a día, y eso me convirtió en una niña hipervigilante y sobreexigente.

Mi madre, una mujer incansable, trabajaba sin parar para sostenernos, pero su agotamiento y el desequilibrio familiar reforzaron en mí un modelo de esfuerzo constante, sin espacio para sentir. Desarrollé una voz interior muy crítica, esa impostora que no me dejaba ser y me mantenía en un estado de culpa y parálisis. Aparentar perfección para evitar el conflicto se volvió mi manera de mostrarme al mundo...y también se transformó en una voz interna hiperexigente.

Con el tiempo, ese patrón se extendió a mis relaciones. Elegí vínculos en los que repetía el mismo dolor aprendido: el de no sentirme suficiente, el de callar para no perder. Sin embargo, también encontré refugio: en mis amigas, en mis estudios, en la música, en el inglés… y más tarde, en la terapia.

A los 22 años, la pérdida de mi primer bebé marcó un antes y un después. Fue un duelo silenciado durante once años, pero finalmente me llevó al camino de la sanación. A los 23 fui mamá de nuevo, y más adelante, tras una separación difícil, decidí empezar de cero con mi hijo pequeño. Inicié terapia, volví al baile, al movimiento, y descubrí la medicina natural, el reiki, las flores de Bach y el poder del cuerpo para sanar.

Conocí a mi esposo en esa etapa de transformación. Su presencia fue como un remanso de calma. Sin saberlo, estaba experimentando lo que significa un apego seguro: esa base que repara lo que fue herido. Juntos construimos una nueva vida, y con el tiempo formamos una familia.

Ya viviendo en España, el nacimiento y la breve vida de nuestro hijo menor, que nos acompañó solo 13 días, volvió a abrirme en canal… pero esta vez desde un lugar diferente: el de la conciencia. Ese nuevo duelo me llevó a profundizar en mi propio proceso y a formarme para acompañar a otros en los suyos. Incluso escribí una novela sobre mi experiencia sanando el duelo perinatal.

Hoy, miro hacia atrás y reconozco con gratitud todo el camino recorrido. He aprendido a regular mi sistema nervioso desde lo físico, lo emocional, lo mental y lo espiritual. Todo lo que comparto con los demás primero lo he experimentado en mí.

Sanar no es un proceso rápido ni sencillo. Requiere valor, compromiso y una profunda confianza en que otra forma de vivir es posible. A veces duele, a veces da miedo… pero el resultado vale cada paso.

Hoy me siento libre, auténtica y en paz. Ya no espero disculpas, porque elegí hacerme justicia amándome. Dejo ir cada día para vivir más liviana y permitir que la niña que fui —y que sigue viva dentro de mí— se exprese con alegría, creatividad y espontaneidad.

He ganado mi vida de vuelta. Y eso, para mí, es amor propio en su máxima expresión.

Esto también lo deseo para ti.

Te doy la bienvenida a IMANI.

Priscilla