Cuando llega la luz: aprender a habitar las épocas buenas.

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Priscilla Ingold

una mujer sentada en calma mirando el atardecer entre las montañasNo todas las transiciones comienzan con una pérdida.

Hay etapas de la vida que sabemos que serán difíciles.

Una pérdida. Una separación. Una despedida. Un cambio que no elegimos. El final de algo que durante mucho tiempo había formado parte de nuestra identidad.

Sabemos, al menos en cierta medida, que necesitaremos tiempo para atravesarlas.

Lo que quizá no esperamos es que las épocas buenas también puedan requerir un proceso de adaptación.

Después de mucho tiempo sosteniendo, soltando, reconstruyendo o simplemente intentando continuar, un día las cosas empiezan a cambiar.

Y esta vez cambian para bien.

Aparecen nuevas personas. Una oportunidad. Un proyecto que ilusiona. Una relación tranquila. Una casa que empieza a sentirse como hogar. Una decisión que finalmente parece nuestra. Regresan las ganas de hacer planes.

La vida empieza a sentirse un poco más ligera.

Y, sin embargo, algo dentro de nosotros puede tardar en creerlo.

Cuando has aprendido a vivir en tiempos difíciles

Las etapas duras dejan huella.

No necesariamente porque nos condenen a vivir mirando hacia atrás, sino porque durante un tiempo aprendemos a relacionarnos con la vida desde determinadas necesidades: protegernos, resistir, anticiparnos, aceptar lo que no podemos cambiar, despedirnos de aquello que ya no está.

Quizá tuvimos que aprender a no esperar demasiado.

A no dar nada por sentado.

A continuar incluso sin saber muy bien hacia dónde.

Y esas formas de estar en el mundo no desaparecen automáticamente cuando las circunstancias cambian.

Por eso puede suceder algo aparentemente contradictorio: que llegue algo bueno y no sepamos inmediatamente qué hacer con ello.

Podemos sentir alegría y, al mismo tiempo, miedo.

Ilusión y prudencia.

Gratitud y una extraña sensación de vulnerabilidad.

Incluso puede aparecer cierta nostalgia por aquello que dejamos atrás, aunque sepamos que no queremos regresar.

No significa necesariamente que algo vaya mal.

Quizá simplemente estamos atravesando otra transición.

También hay que aprender a recibir

Hablamos mucho de aprender a dejar ir.

Mucho menos de aprender a recibir después de haber dejado ir.

Porque recibir implica volver a abrir espacio.

Permitir que algo nos importe.

Volver a vincularnos.

Hacer planes.

Imaginar posibilidades.

Y todo eso puede resultar sorprendentemente vulnerable cuando sabemos, por experiencia, que las cosas pueden terminar.

Después de una pérdida importante, por ejemplo, querer algo nuevo puede despertar una pregunta silenciosa:

¿Y si también lo pierdo?

Después de una relación difícil, encontrarnos con un vínculo tranquilo puede resultar extraño precisamente porque no exige aquello a lo que nos habíamos acostumbrado.

Después de años de incertidumbre, la estabilidad puede incluso parecernos sospechosa.

A veces hemos vivido tanto tiempo preparándonos para afrontar lo difícil que, cuando llega la calma, seguimos esperando que ocurra algo.

Como si todavía no pudiéramos bajar del todo la guardia.

La felicidad también nos hace vulnerables

Hay una paradoja hermosa y difícil en las épocas luminosas: cuanto más valioso empieza a parecernos algo, más conscientes podemos ser de que algún día podría cambiar.

Tal vez por eso estar bien también requiere valentía.

No la valentía de resistir.

Otra distinta.

La de permitirnos disfrutar de algo sin exigirle garantías.

La de reconocer que algo puede ser importante aunque no sepamos cuánto durará.

La de volver a confiar sin necesitar olvidar todo lo aprendido.

Porque atravesar un duelo no debería obligarnos a elegir entre recordar lo que perdimos y amar lo que está llegando.

Ambas cosas pueden convivir.

Podemos echar de menos una vida anterior y sentir entusiasmo por la que estamos construyendo.

Podemos recordar a alguien que ya no está mientras creamos nuevos vínculos.

Podemos sentir tristeza por aquello que terminó y, al mismo tiempo, reconocer que algo nuevo está comenzando.

Avanzar no siempre significa dejar atrás.

A veces significa aprender a llevar nuestra historia de otra manera.

Cuando la calma se siente extraña

Hay personas que descubren algo inesperado después de atravesar una etapa especialmente intensa: cuando finalmente llega la tranquilidad, no sienten inmediatamente alivio.

Sienten desconcierto.

Durante meses o años hubo algo que resolver, sostener, decidir, reparar o despedir.

Y de pronto hay espacio.

Ese espacio puede ser maravilloso.

Pero también desconocido.

Porque ya no se trata solamente de sobrevivir a lo que ocurrió.

Aparece una pregunta diferente:

¿Y ahora qué quiero hacer con mi vida?

Tal vez esa sea una de las transiciones menos visibles.

Pasar de organizar nuestra vida alrededor de aquello que dolía a empezar a organizarla alrededor de aquello que deseamos.

Dejar de preguntarnos únicamente qué necesitamos superar y comenzar a preguntarnos qué queremos construir.

No necesitas estropear lo bueno para protegerte

Cuando hemos conocido la pérdida, podemos intentar protegernos de ella de formas muy sutiles.

No ilusionarnos demasiado.

No confiar completamente.

Mantener siempre una pequeña distancia.

Pensar en todo lo que podría salir mal justo cuando algo empieza a salir bien.

Es comprensible: una parte de nosotros quizá cree que, si no se entrega completamente a la alegría, el dolor será menor si algún día las cosas cambian.

Pero existe otra posibilidad.

Aceptar que vivir implica no poder asegurarlo todo.

Y que protegernos permanentemente de una pérdida futura puede impedirnos experimentar plenamente aquello que está presente ahora.

No necesitamos olvidar que existen los finales para disfrutar de los comienzos.

Podemos saber que la vida cambia y aun así elegir estar aquí.

Aprender a habitar la luz

Quizá después de atravesar épocas difíciles no volvemos exactamente al lugar en el que estábamos antes.

Quizá tampoco se trata de hacerlo.

Hay experiencias que modifican nuestra manera de mirar.

Nos enseñan qué importa.

Qué podemos sostener.

Qué ya no queremos negociar.

A quién queremos cerca.

Qué merece nuestro tiempo.

Y cuando vuelve una época luminosa, llegamos a ella con todo ese aprendizaje.

Por eso quizá la tarea no sea recuperar a la persona que éramos antes de la pérdida.

Puede ser algo mucho más interesante:

descubrir quiénes somos después de ella.

Aprender poco a poco que podemos sentirnos seguros sin tener todas las certezas.

Que podemos volver a desear.

Que podemos crear nuevos vínculos sin traicionar los anteriores.

Que podemos recordar sin quedarnos detenidos.

Que podemos agradecer lo que llega sin sentir que eso borra lo que se fue.

Y que también tenemos derecho a necesitar tiempo para acostumbrarnos a estar bien.

Porque hay momentos en los que la vida nos pide aprender a soltar.

Y otros en los que, casi sin darnos cuenta, nos plantea el movimiento contrario:

abrir las manos.

Dejar espacio.

Y permitir que algo nuevo llegue.

Quizá las épocas luminosas también sean una transición.

Solo que esta vez no estamos aprendiendo a despedirnos.

Estamos aprendiendo, poco a poco, a quedarnos.

Quizá tú también estés aprendiendo a habitar una etapa nueva

No todas las transiciones comienzan con una pérdida. A veces empiezan cuando, después de haber atravesado mucho, descubrimos que la vida vuelve a abrirse delante de nosotros.

Y también entonces pueden aparecer preguntas, miedos o la necesidad de comprender quiénes somos ahora y qué queremos construir a partir de aquí.

En IMANI puedes encontrar un espacio para detenerte, mirar este momento con perspectiva y explorar cómo quieres vivir esta nueva etapa.

Si sientes que estás en uno de esos momentos, podemos conocernos en una primera conversación gratuita de 30 minutos.